Dolor de país
Me duele Colombia, me duele vivir entre hermanos que se matan, me duele vivir entre personas honradas y que nunca haya un peso para los desfavorecidos, me duele vivir en el tercer mundo, ser sinónimo de narcotráfico, de muerte.
Pero la patria es como la mamá de uno, puede no gustarle, pero es la única que tiene, entonces me pregunto ¿por qué? ¿por qué en otros lugares las personas se organizan de manera que cada uno, desde su lugar de estudio o de trabajo, aporta para que el país como un todo, progrese. ¿Por qué a diferencia nuestra, países cercanos como Chile, Argentina, Panamá o Brasil, son sinónimo de vinos, fútbol, progreso o carnavales, en vez de drogas y muerte como nosotros.
No seré yo quien de la respuesta definitiva a esta pregunta, pero probablemente entre muchas causas de este mierdero en que vivimos, esté la falta de identidad y de apropiación de nuestro país.
Cuando un político corrupto se roba dinero destinado a ayudar a los más pobres, a mejorar las carreteras, a educar a los niños, está demostrando que él no se siente parte de Colombia, de ese ideal llamado Colombia, ese que quedó plasmado en la constitución del 91, donde cada ser humano nacido entre La Guajira y El Amazonas, entre Nariño y Arauca, será cobijado por un estado que lo apreciará infinitamente, que lo protegerá y lo ayudará para que pueda realizarse en todos los aspectos de su vida, y al hacerlo, contribuya también al bienestar de los demás colombianos, e incluso del mundo entero.
No sólo aquél político no tiene fe en este país ideal, tampoco la tenemos nosotros cuando compramos artículos “sin factura”, cuando hacemos “conejo” con las normas, cuando dejamos rencor por donde vamos caminando al pisotear los derechos de los demás, y no se necesita ser un asesino para hacerlo, bastan cosas tan sencillas y triviales como no respetar la cebra, colarse en TransMilenio, no poner direccionales o no ser honrado en los negocios.
Nos creemos “vivos” por hacer esto, nos sentimos orgullosos de nuestra “malicia indígena”, pero lo que no vemos es cómo cada uno de estos actos se nos devuelve despiadadamente día a día, porque vivimos en una sociedad que se nutre de nosotros, ayer no respeté el semáforo y di este mal ejemplo, pero tal vez hoy era yo el peatón indefenso, no el conductor irresponsable que fui ayer, tal vez hoy, la sociedad me pase una cuenta de cobro con altísimos intereses.
Pero nunca aceptamos la cuota de responsabilidad que tenemos en estar como estamos, por eso, buscamos Mesías que llenen de policías las calles, las carreteras, los ríos, los mares y los aires, para que finalmente, “podamos vivir tranquilos”.
Finalmente, terminarán habiendo más policías que ciudadanos, pero asumamos que esta utopía se vuelve realidad… y ¿quién controlará a estos policías que son igual de imperfectos que aquellos a quienes vigilan?
Es hora de que reconozcamos el papel fundamental que juega la cultura y la educación en la forma en que nos comportamos todos los días, llevamos más de 200 años, creando leyes, reformas, reglamentos, decretos, etc. y seguimos mal, muy mal ¿qué pasa?
Creamos cientos de prohibiciones que a la hora de la verdad nadie cumple, y para que lo hagan, no hacen falta más policias, sólo hace falta querer vivir en una sociedad mejor, y entender, que la única forma de conseguirlo es ser verdaderos ciudadanos, ir dejando nuestro ejemplo en cada acto cotidiano, para que este buen ejemplo se multiplique entre cada uno de nuestros conocidos, hasta que todos nosotros, cumplamos las normas porque las entendemos, veamos como las restricciones que nos ponen, a la larga crean una sociedad mejor para todos, es decir aparte de que cumplimos las normas, las amamos.
Cuando lleguemos a ese punto, aquel que se salga de la norma gracias a la cual todos disfrutamos de una sociedad justa, amable y llena de oportunidades, recibirá tal rechazo social que inmediatamente cesará de infringir la regla.
Esto no quiere decir que no deban haber sanciones ni policías para que hagan cumplir la ley, sino que sin una interiorización y amor convencido por las mismas, por más policías y reformas legales que se creen, nunca construiremos una nación de la que nos sintamos completamente orgullosos.
Pero no se pueden querer las leyes que vienen de un estado al que uno odia, un estado que no reconoce como legítimo o que considera corrupto, en parte por eso, surgieron hace muchos años las guerrillas que aún hoy en día atormentan al país.
Surgen en parte, porque casi desde nuestra independencia han habido familias que han considerado que tienen el derecho, casi otorgado por Dios, de gobernar un pueblo del que no se sienten parte, por el que en ocasiones incluso sienten repulsión, repulsión por su suciedad, su falta de educación y su pobreza, pero nunca estarán dispuestos a aceptar que han sido en gran parte ellos, los gobernantes de siempre quienes hicieron de un territorio hermoso y de infinitas posibilidades, lo que hoy es nuestro país.
Esta clase política, que desde que nace parece tener reservado el derecho a gobernarnos, nunca reconocerá sus errores, por el contrario, pedirá que agradezcamos cada migaja, cada subsidio, cada intento vano por que se cumplan nuestros más básicos derechos.
Pero lo que más me duele, es que aunque tenemos la capacidad para oponernos, vamos juiciosamente a votar por ellos, a apretar más el lazo con que sostienen nuestros cuellos, vamos juiciosamente a elegir la muerte, a elegir a quienes sin consultarnos nunca, siempre han estado incrustados en las más altas esferas del poder, a estos gobernantes además, no les importa con quién toque juntarse, cuánto haya que pagar o cuánto haya que mentir con tal de que no les vayan a usurpar el puesto que creen merecer desde su nacimiento.
Entristece tanto ver que sigamos creyendo en sus patrañas, en su pedantería, en que piensen que porque se autoproclaman expertos en economía o derecho, debemos confiar ciegamente en que ellos en su infinita sabiduría sabrán “lo que es mejor para el país”, cuando incluso quien sólo sepa sumar y restar podrá ver que la mayoría de estas familias “instruidísimas” que siempre han gobernado al país, no han hecho más que llevarlo a la pobreza y a la matanza entre sus hijos.
Me duele también, ver como quienes controlan los medios de comunicación son las mismas personas que aspiran gobernarnos, y como reutilizan la información que ellos mismos fabrican para que les sigamos creyendo.
Me indigna que alguien pueda aparentar bondad y amor por los colombianos, cuando propició la muerte inútil de una, de una sola persona, en vez de cumplir su más básico y fundamental derecho como servidor público, proteger la vida. Cuando valoremos más una vida salvada que 1000 kilómetros de carretera construida, viviremos en un país mucho mejor al que hoy me indigna tanto.
A cada uno de los millones de colombianos que con su voto se autocondenan y mantienen en el poder a la clase política de siempre quisiera poder devolverles la educación que les fue arrebatada, la libertad de información, la conciencia democrática que nunca les permitieron construir y el derecho a soñar con un país que sea ejemplo para el mundo, si esto sucediera, sin duda, uno a uno, con rabia pero también con orgullo, saldríamos a las calles y utilizaríamos la democracia para nuestro beneficio, y no como ha sido hasta ahora, un instrumento para legitimar en el poder a quienes desde el exterior, o desde sus clubes de golf y polo siempre han gobernado caprichosamente esta nación, persiguiendo sólo sus intereses personales y los de los aquellos a quienes les deben tantos favores.
En fin… me duele que se prefiera a Santos sobre Mockus.



Pero en Colombia hay algo que es innegable y cualquiera que haya vivido aquí puede dar fe de eso, vivimos en la pobreza, la desigualdad y la violencia. Al viajar por carretera (y dentro de las mismas ciudades) nos encontramos con soldados armados hasta los dientes, síntoma para algunos de que el país ha mejorado, yo creo que más bien indica que la violencia está más viva que nunca. En muchos semáforos hay desplazados por la guerra pidiendo limosna, al lado de lujosos centros comerciales trabajan personas que luchan para solventar sus más básicas necesidades, la educación pública para los niños es en su mayoría de mala calidad, y en cuanto a educación superior hay una oferta inmoralmente pequeña desde cualquier punto de vista, tanto que acceder a un cupo en la universidad pública o en una institución como el SENA, se vuelve motivo de orgullo para quien lo logra, lo cual tal vez debería más bien producir vergüenza nacional.
